Nadie me dijo

Nadie me dijo que la vida era dura, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que ser mujer era complicado, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que a las mujeres no les gusta el hombre perfecto porque se aburren, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que iba a vivir inconforme, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que la vida es un reto, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que la diplomacia es prima hermana de la hipocresía, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que el amor no “aparece de la nada”, lo descubrí sola.
Nadie me dijo que a los 23 iba a tener crisis de inspiración y ubicación, lo estoy descubriendo.
Nadie me dijo que tenía libertad de pensar, pero no de decir, lo estoy descubriendo.
Nadie me dijo que las cosas obvias no parecen tan obvias cuando las sientes, lo estoy descubriendo.
Nadie me dijo pero no me quejo, me encanta descubrir… creo.

Conocí al mejor ser humano del mundo

Y ese ser humano me dejó, el lunes 8 de abril de 2013 a la 1:30AM, después de 8 años de luchar contra el cáncer, cuando apenas le daban 3 meses de vida.
Todos tienen abuelos o los han tenido y creen que son los mejores. Tal vez les suene cliché lo que diré, la verdad no me interesa. Este post lo escribo porque mi abuelo merece que la gente conozca un poco más de mi relación con él.
Mi abuelo y yo eramos almas gemelas, los dos agnósticos de la familia, adictos a la lectura, podíamos leer y releer mil veces un libro y siempre encontrábamos detalles que no nos habíamos percatado.
Recuerdo mucho que los primeros viajes de mi vida los hice con mis abuelos, quienes iban a verme los fines de semana a mi casa y me llevaban a la playa a comer ceviche, mientras me contaban cosas de la vida. 
Mi abuelo fue el hombre más generoso que conocí, él me enseñó que lo más importante es darle algo de ti a la gente que realmente te importa, porque quizás un día ya no los tengas. A él le debo que nunca me arrepienta de dar, porque la vida te recompensa de maneras que no te imaginas.
Fue mi amigo grande, siempre tuvo un buen consejo para mí, incluso cuando nunca se los pedía, sabía qué decir en el momento indicado. No era cariñoso, ni yo… simplemente sabíamos que nos amábamos  que yo lo amaba a él y que él me amaba a mí, a nuestra forma.
Podría contarles mil cosas acerca de mi abuelo, como cuando me contaba sus historias del mar o las veces en las que me hablaba de Cuba y cómo le habría gustado vivir en Costa Rica. También me enseñó a comer pupusas y buenos fréjoles, como buen centroamericano. 
De las muchas anécdotas que tengo con él, siempre me decía que yo era curiosa, razón por la cual sería una gran periodista. La verdad es que yo le decía siempre que ser sapa no es una virtud. 
Me enseñó la importancia de la humildad, que el dinero no debe cambiar nunca mi esencia y que la gente vale más por su interior y por su cerebro. 
Mi abuelo me dio muchas lecciones en la vida, me enseñó el amor a la música, siempre lo veía cantar o silbar. Fue valiente, incluso en su agonía, sufría en silencio por no querer dejarnos, porque nos quedábamos solas, en una familia de mujeres, donde mi hermano y él eran los únicos hombres… Hoy solo queda mi hermano.

Ahora ya no lo tendré y mientras lo velaba me di cuenta de que perdí no solo a un abuelo, perdí a mi segundo padre. A alguien que no se merecía sufrir de la manera en que lo hizo, porque fue un gran hombre, esposo, padre, abuelo… 
…. Y fue el mejor ser humano que conocí.
* En memoria de Cristobal Avendaño Suárez, quien ahora descansa en paz pero deja un gran legado en mi vida. Te amaré siempre abuelo.